Luz es de las personas que le gusta llegar a la hora. Por eso, de entrada pide disculpas por su retraso de cinco minutos, con explicaciones que cuenta a mil por hora mientras caminamos en dirección al Lomit’s. Nos sentamos afuera, aunque hace frío, porque el cigarro es necesario. El mozo tiene que apurarse un poco en arreglar las mesas, y eso nos cuesta caro: no nos pesca mucho. “Se enojó”, dice la Luz, luego de prender un cigarro y acomodarse la boina. Pedimos la carta.—Es la primera vez que como en el Lomit’s —confieso.
—¡Pero hueón, los lomitos son ce-les-tia-les! ¡Im-pac-tan-tes! —abre los ojos.
—Es que soy medio naturista. Ahora como un poco de carne.
—Yo fui macrobiótica como cuatro años, hasta que empecé a soñar con bife. Todas las noches —dice mientras cierra los ojos.
El Lomit’s es uno de sus locales favoritos, junto con el Liguria, el Astrid y Gastón, La Mar y el Puerto Perú. Aunque le fascina la comida peruana, los sándwiches son su comida favorita. “Me gusta todo lo que se pueda comer con la mano”, bromea, y nos reímos los dos. Terminamos por compartir un crudo con una Coca Light. Luz trabaja de noche. “Ahí necesitai’ algo que alimente pero que no te obligue a soltar el teclado. Yo he refinado todo tipo de conocimiento en galletas. Soy la máxima autoridad de galletas en Santiago. Son mi principal alimento”, cuenta, agarrando un crudito.
Considera que tenemos una traba mental con la narrativa, que algo tenemos truncado, en lo más profundo de nuestra identidad, de nuestro ADN. “Somos lateros contando historias, copiones y llenos de clichés y lugares comunes. Nada te emociona, nada te provoca, nada te asusta, nada te perturba, nunca jamás”. Y es categórica en su diagnóstico: “¿Crisis creativa? Sin duda”, dice. Y se come el último crudito, con mayonesa y ají.


